DIFÍCIL COMUNICACIÓN. La afasia añade frustración e impotencia a los enfermos de Alzheimer.

7 junio 2013

En la residencia dónde vive mi padre, y dado que lleva allí cinco años largos, hay muchos otros residentes a los que saludamos y con los que siempre entablamos alguna pequeña conversación. Una de ellas es una señora encantadora, Amparo, menudita y siempre con una sonrisa en la cara. Es una de las “veteranas”, la conocemos desde los primeros días de estar allí mis padres. Cuando nos cruzamos paseando por el jardín siempre hacemos un alto y charlamos un ratito.

Amparo también tiene Alzheimer, diagnosticado hace unos tres años. Al principio apenas se advertían cambios en su comportamiento, seguía siendo la amable persona de siempre. Poco a poco ha ido haciéndose notorio su deterioro progresivo, y aunque nunca pierde su sonrisa, se ha vuelto más introvertida y menos sociable.

Últimamente los acontecimientos se están precipitando rápidamente. Las últimas semanas hemos observado un empeoramiento en su estado general. Ella, que siempre iba muy arreglada, va desaliñando su aspecto de manera imparable. Y lo que más apena es que cada vez permanece más tiempo callada.

Hace unos días coincidí con una de sus hijas y, preguntándonos por nuestros respectivos padres, me contó que en la última visita al neurólogo éste les había confirmado que su madre estaba entrando en afasia.
Recordé entonces cuando mi madre hizo un trayecto similar:.. el momento en que comenzó a dejar de utilizar palabras.

Dentro de los numerosos deterioros conductuales que produce la Enfermedad de Alzheimer, la afasia lleva al enfermo a ir dejando de hablar, hasta olvidar por completo como articular una palabra. La primera señal es una dificultad creciente para encontrar el término adecuado o para recordar un nombre en concreto. Esa dificultad va en aumento hasta abandonar por completo la comunicación oral.

La hija de Amparo me contaba cómo su madre sigue tan encantadora cómo siempre, pero va cambiando las palabras por gestos, muecas o señales. Me decía: “Es cómo un niño que aún no habla pero que se hace entender…¡y de que manera!”

Sí, en cierto modo es así, pero… que distinto resulta cuando se trata de un niño. En ese caso hay un futuro, sabemos que el niño aprenderá a hablar y a explicarse claramente. Y mientras eso llega todos ponemos de nuestra parte para entender sus balbuceos, sus palabras mal pronunciadas…¡e incluso resulta tan gracioso oírles en su “media lengua”!.

En el caso de mi madre o de Amparo sabemos, sabíamos, que luchamos, ya vencidos, contra el tiempo que, irremediablemente, irá convirtiendo sus torpes intentos de dar con el término exacto en una tarea imposible. Ese tiempo que le añadirá frustración e impotencia a sus vidas; que convertirá una charla en una misión imposible.

Al despedirnos sólo pude decirle a la hija de Amparo: “¡Que no os gane el desánimo! Con gestos o cómo sea… seguid hablando con ella”. Y, con la complicidad que produce compartir tristezas, nos dimos un abrazo.

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