La sociedad olvidó al anciano

DIARIO EL UNIVERSAL
JAVIER BRASSESCO
jueves 25 de noviembre de 2010

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Pocas alternativas
Casi todos los días, a eso de las dos de la tarde, a Estefanía le da por gritar. Con una contundencia impensable para sus noventa años, grita que la quieren matar y pide ayuda. Eso es lo de menos: tira la ropa por el balcón, orina la cama y dice que llovió, se niega a usar pañales, prende luces en mitad de la noche, despierta a todos, maldice a quien intenta bañarla…

La vejez intranquila de algún familiar es una amenaza latente en la vida de casi cualquier persona, y más en una ciudad como Caracas, que ofrece pocas alternativas de cuidado para personas de la tercera edad.

Claudio Pacheco, sobrino de Estefanía, ha intentado ingresarla en un geriátrico del Seguro Social, pero ha sido imposible, y no dispone de los 4 mil bolívares mensuales que costaría, como mínimo, internarla en uno privado.

Su esposa, Marlene, siente que está hipotecando su vida, pues todo su tiempo y energía debe utilizarlos en el cuidado de Estefanía y también en el de su suegro Pastor, de 85 años. “Los fines de semana todos mis hijos buscan dónde ir para no estar aquí. Yo ni siquiera puedo hacer un poco de ejercicio, que tanta falta me hace”, dice.

Demanda en alza
En pocas instituciones la demanda es tan estrepitosamente superior a la oferta como en los ancianatos públicos del país: según el último censo de 2001, el 6% de la población venezolana es mayor de 65 años, lo que arrojaría hoy una población de alrededor de un millón y medio de “abuelos”. Sin embargo, en todo el país existen 33 geriátricos a cargo del Seguro Social y en estos la capacidad ronda las 3 mil camas.

En Caracas existen muy pocas alternativas fuera del Seguro Social y el ámbito privado. Uno de los más antiguos es el Asilo de la Providencia, es regentado por la orden Hermanitas de los Pobres de Maiquetía desde 1892. “La demanda ha crecido mucho, nosotras apenas nos damos abasto con los 80 que atendemos”, dice la hermana María Josefina Escalona.

Es algo que también puede certificar cualquier persona que trabaje en alguno de los geriátricos del Seguro Social. El San Juan de Dios (Vista Alegre), por ejemplo, tiene solo 50 cupos y se rechazan entre diez y veinte solicitudes cada mes.

Los ancianatos “públicos” en Caracas son por lo general instituciones privadas a las que el Seguro Social les paga 112,5 bolívares por día y por cama, y es el organismo el que decide (a través de la División de Clínicas) quiénes ingresan y el que vela por que se cumplan ciertas condiciones (que haya por lo menos una enfermera cada diez internos, por ejemplo).

Pero intentar conseguir un puesto allí suele ser toda una odisea: primero que nada es necesario que la persona esté asegurada o pensionada por el IVSS (lo que descarta de plano a la mitad de la población, que forma parte de la economía informal), luego se necesita un informe médico (el llamado 15-30) emitido por un médico adscrito al Seguro, dicho informe pasa a la división de Trabajo Social del hospital (un trabajador social debe visitar el hogar y tomar en cuenta en el entorno socioeconómico) y finalmente éste hace una solicitud al seguro. El proceso es largo y muchas veces infructuoso, por lo que lo más común es que los ancianos terminen dependiendo de sí mismos o de la disposición, buena o mala, de algún familiar.

Decía Camus que la vejez es un naufragio, y eso no lo va a cambiar ningún sistema de pensiones ni ningún jardín de geriátrico. Pero también en un naufragio hay matices, y el nivel de avance de una sociedad bien puede ser determinado por la manera en que trata a sus ancianos y sus presos. De ese juicio la venezolana no saldría muy bien librada.

Tal vez esos gritos de Estefanía pidiendo ayuda no brotan solo de la demencia senil.

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EL UNIVERSAL ,
jueves 25 de noviembre de 2010

Quienes están internados en los geriátricos mantenidos por el Seguro Social suelen tener la misma queja: las pocas actividades que en esos lugares se realizan. Por lo general están allí sin hacer nada esperando la muerte.

Quienes regentan estos lugares aducen que es complicado planificar paseos puertas afuera, pues no todos están en capacidad de hacerlos y la gran mayoría tiene problemas de movilidad.

Pero tampoco abundan las actividades puertas adentro. Salvo en un ancianato grande como el Joaquín Quintero (en Caricuao, con 400 camas) y en otros que dependen de órdenes religiosas como el San Antonio, por lo general se llevan a cabo pocas actividades recreativas.

Una alternativa son los llamados clubes de abuelos, que no funcionan como internados sino como especie de guarderías a los que la gente de la tercera edad acude para socializar, jugar, bailar, hacer manualidades o simplemente pasar el rato.

Pero en general estos clubes de abuelos suelen ser iniciativas particulares de las comunidades. Una excepción podría ser el municipio Sucre, donde se han inaugurado cinco clubes de abuelos en la actual gestión (Caucagüita, Guaicoco, Mariches, barrio Bolívar y Los Aguacaticos en barrio Unión).

Yelitza Quevedo, directora de desarrollo social de la alcaldía, cuenta que cuando Carlos Ocariz fue electo alcalde no existía ni uno solo de estos clubes, pues por lo general las autoridades venezolanas olvidaron al anciano: “Somos un país de gente joven que no piensa que algún día envejecerá”.

Estos clubes tienen un promotor deportivo y personal que los ayuda con las manualidades y los juegos. JB

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